Seres humanos y ecosistemas (Parte III)
enero 28, 2008 por Adriana Marcela
Archivado en Medio ambiente
Los ecosistemas naturales reciclan los nutrimentos, en tanto que los ecosistemas humanos tienden a perder nutrimentos.
Si damos un paseo por algunos barrios suburbanos en el día en que se recoge la basura, veremos pasto recortado y hojas empacados en bolsas de plástico para ser recolectados. A fin de compensar esta pérdida de nutrimentos naturales, muchos habitantes de los suburbios fertilizan abundantemente sus céspedes y jardines.
Se observa una tendencia análoga en la agricultura moderna. El viento y el agua erosionan el suelo expuesto, con la consecuente extracción de nutrimentos indispensables y la necesidad de agregar mucho fertilizante para reponerlos. El agua que escurre de los campos y que arrastra el suelo fértil y los fertilizantes artificiales, puede contaminar los ríos, arroyos y lagos cercanos.
Los plaguicidas matan a los comedores de detritos y descomponedores, con lo cual trastornan aún más los ciclos naturales de los nutrimentos. Así pues, en tanto que el suelo fértil se acumula en muchos ecosistemas naturales, tiende a perderse en los ecosistemas dominados por los seres humanos. Cada año se erosionan unos 3000 millones de toneladas de suelo fértil de las fincas agrícolas estadounidenses. Tan sólo el río Mississippi se lleva 40 toneladas cada hora.
También la agricultura orgánica ayuda a revertir esta tendencia. Podernos aplicar los mismos principios a nuestros prados y jardines, convirtiendo los desechos orgánicos en abono en nuestros propios jardines o en instalaciones de la comunidad destinadas a ese fin.
Los agricultores pueden contrarrestar la erosión aplicando la siembra de contorno, en la que los cultivos en surcos están orientados de modo que retarden el flujo del agua en vez de canalizarla pendiente abajo. También conviene alternar los cultivos en surcos con franjas de cultivos densos que retienen el suelo, como el trigo, por ejemplo.
Plantar hileras de árboles corno rompevientos ayuda a impedir la pérdida de suelo a causa del viento, además de crear un ecosistema más variado y un lugar donde pueden anidar las aves que se alimentan de insectos. No es necesario arar los campos en el otoño y dejarlos sin sembrar y expuestos a la erosión durante el invierno; de hecho, un número cada vez mayor de agricultores están sembrando cultivos en el rastrojo de la temporada anterior, con lo cual reducen la erosión.
Texto tomado de: Biología, la vida en la tierra. Sexta edición. Pearson educación.
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gracias tutora muy buenos las lecturas.
att.sandra yolima